Fertility Justice – Justicia en la fertilidad

The CDC approximates that 2.3% of U.S. births each year result from assisted reproductive technologies, including in vitro fertilization (IVF). Black and Latina women are more likely to experience infertility but have less access to assisted reproductive technologies. Lieff Cabraser assists hopeful parents seeking justice from fertility companies and IVF supply manufacturers for failures that occurred during their fertility journeys. Lieff Cabraser is a proud advocate for fertility justice for all individuals, including those in marginalized communities. 

Kearsten and Zachary Walden, of Norfolk, Virginia, are plaintiffs in a lawsuit brought by Lieff Cabraser and co-counsel against a fertility industry manufacturer, CooperSurgical, alleging the company’s culture solution destroyed their embryos in the IVF process. The Virginian-Pilot and The Virginia Daily Press published the Waldens’ op-ed documenting their IVF journey: 

In-vitro fertilization is a lifeline, a remarkable medical advancement that allows countless individuals and couples struggling with infertility a chance to experience the joy of parenthood. For so many of us, IVF isn’t just a medical procedure; it’s a deeply personal journey filled with hope, sacrifice and an often heavy emotional toll. Yet, alongside the promise that IVF holds, we face a growing crisis: political efforts to limit access to reproductive care and, even more concerning, the alarming pattern of avoidable failures within the fertility industry. Both trends threaten to unravel the delicate dreams of hopeful parents everywhere. 

We’ve been affected firsthand by one of these failures. We recently filed a lawsuit that contends our embryos, created with great care, were destroyed by a defective culture solution manufactured by a company called CooperSurgical. In that heartbreaking instant, our chance at a biological child was stripped away — not due to a natural complication but due to a preventable failure caused by corporate negligence. And as we’ve learned, we are not alone. 

Infertility affects millions worldwide, touching lives in ways that few fully understand. The World Health Organization estimates that 1 in 6 people globally will experience infertility, while recent Pew Research findings indicate that 42% of Americans have either undergone IVF themselves or know someone who has. Those numbers reflect the vast reach of this struggle, which is why it’s crucial to establish safeguards in the fertility industry. 

Instead, we’re seeing dangerous legal shifts that threaten the rights of IVF patients. Earlier this year, the Alabama Supreme Court ruled that embryos should be considered children under the law, prompting the Alabama legislature to pass a bill that supposedly aims to protect access to IVF. 

However, this new law does the opposite for families like ours. By granting doctors, clinics and IVF manufacturers immunity from criminal and civil litigation — even in cases of proven negligence — it removes the very protections patients need most. Rather than supporting hopeful parents, this misguided law shields an industry that has already demonstrated troubling carelessness with the hopes and dreams of families. 

The impact of such protections is staggering. Thousands of families beyond our own have suffered due to incidents like ours, joining other high-profile cases such as the Pacific Fertility Center’s tragic loss of 4,000 embryos and eggs. When these kinds of devastating failures occur, patients should have the ability to seek justice, accountability and closure. Shielding the industry from responsibility essentially tells families like ours that our losses don’t matter, that our grief is inconsequential. 

These blanket immunities do more than harm hopeful parents; they encourage the fertility industry to cut corners, favoring profits over patient care. IVF is already an emotionally and financially costly process. Patients put their trust in fertility companies with the understanding that every step will be handled with the utmost caution, professionalism and empathy. Unfortunately, this is not always the case, and when something goes wrong, the fallout can be life-altering. 

The solution is clear. Instead of sweeping protections for IVF manufacturers and providers, we need policies that focus on the well-being of families. Fertility care should be accessible and safe, with regulations that prioritize patient safety and prevent catastrophic failures. Hopeful parents should have the opportunity to seek justice when failures arise — not be left powerless by legal loopholes that protect corporations at their expense. 

As IVF becomes a more accessible option for family-building, it’s critical to create a regulatory landscape that supports those who seek it. We call on lawmakers, health care providers and fertility companies to consider the weight of their responsibilities. Let us build a future where patients are protected, where the industry is held accountable, and where the dream of creating a family is met with compassion, diligence and respect. 


Los Centros de Control de Enfermedades (CDC) calculan que el 2.3% de los nacimientos en EE. UU. cada año son resultado de tecnologías de reproducción asistida, que incluyen la fertilización in vitro (IVF, por sus siglas en inglés). Las mujeres afroamericanas e hispanas tienen una mayor probabilidad de sufrir infertilidad pero tienen menos acceso a las tecnologías de reproducción asistida. Lieff Cabraser ayuda a padres esperanzados a solicitar justicia a las compañías de fertilidad y fabricantes de suministros de IVF por sus errores cometidos durante el proceso de prestación de servicios de fertilidad. Lieff Cabraser se enorgullece de abogar por la justicia en la fertilidad para todas las personas, incluso las de comunidades marginadas. 

Kearsten y Zachary Walden, de Norfolk, Virginia, son los demandantes en una demanda presentada por Lieff Cabraser y el coabogado contra un fabricante de la industria de la fertilidad, CooperSurgical, alegando que la solución de cultivo de la compañía destruyó sus embriones en el proceso de IVF. El Virginian-Pilot y El Virginia Daily Press publicaron el documento de los Waldens que documenta su experiencia de IVF: 

La fertilización in vitro es una esperanza, un adelanto médico asombroso que permite que incontables personas y parejas que luchan con la infertilidad tengan la oportunidad de experimentar la alegría de ser padres. Para muchos de nosotros, la IVF no solo es un procedimiento médico. Es una experiencia profundamente personal plena de esperanza, sacrificio y muy frecuentemente un elevado costo emocional. Aún así, junto con la promesa que ofrece la IVF, nos enfrentamos a una crisis cada vez mayor: los esfuerzos políticos de limitar el acceso a la atención reproductiva y, aún más preocupante, el patrón alarmante de errores evitables dentro de la industria de la fertilidad. Ambas tendencias amenazan con desmantelar los sueños delicados de padres esperanzados en todas partes. 

Nosotros sufrimos uno de estos errores en carne propia. Recientemente presentamos una demanda alegando que nuestros embriones, creados con enorme cuidado, fueron destruidos por una solución de cultivo defectuosa fabricada por una compañía llamada CooperSurgical. En ese instante desgarrador, se nos quitó la oportunidad de tener un hijo biológico, no por una complicación natural sino por un error prevenible causado por negligencia corporativa. Y según hemos aprendido, no estamos solos. 

La infertilidad afecta las vidas de millones de personas en el mundo de maneras que pocos entienden plenamente. La Organización Mundial de la Salud estima que 1 de cada 6 personas sufrirá infertilidad a nivel global, mientras que el reciente estudio Pew descubrió que el 42% de los estadounidenses han utilizado IVF o conocen a alguien que lo ha hecho. Esas cifras reflejan el amplio alcance de esta lucha, y es por eso que es esencial establecer protecciones en la industria de la fertilidad. 

En lugar de esto, estamos viviendo cambios legales peligrosos que amenazan los derechos de los pacientes de IVF. A principios de este año, el tribunal supremo de Alabama dictaminó que los embriones deben considerarse niños de conformidad con la ley, lo cual impulsó a los legisladores de Alabama a aprobar una ley que supuestamente intenta proteger el acceso a la IVF. 

Sin embargo, esta nueva ley logra lo opuesto para las familias como la nuestra. Al otorgarles protección contra litigios penales y civiles a los médicos, clínicas y fabricantes de IVF, incluso en casos de negligencia, han eliminado las protecciones que los pacientes más necesitan. En lugar de respaldar a los padres esperanzados, esta ley errónea protege una industria que ya ha demostrado un descuido inquietante con las esperanzas y los sueños de las familias. 

El impacto de tales protecciones es abrumador. Miles de familias aparte de la nuestra han sufrido debido a incidentes como el nuestro, uniéndose a otros casos de alto perfil como la pérdida trágica de 4000 embriones y óvulos en el Pacific Fertility Center. Cuando ocurren estos tipos de errores devastadores, los pacientes deben tener la posibilidad de buscar justicia, responsabilidad y superar su duelo. Proteger a la industria de toda responsabilidad esencialmente indica a las familias como la nuestra que nuestras pérdidas no importan, que nuestro dolor es intrascendente. 

Estas inmunidades generales hacen mucho más que dañar a los padres esperanzados. Ellas alientan a la industria de la fertilidad a tomar atajos y concentrarse más en las ganancias que en la atención de los pacientes. La IVF es de por sí un proceso emocional y financieramente oneroso. Los pacientes ponen su confianza en las compañías de fertilidad con la creencia de que cada paso se manejará con el más elevado cuidado, profesionalismo y empatía. Lamentablemente, no siempre es así, y cuando algo sale mal, los resultados pueden cambiar vidas para siempre. 

La solución es clara. En lugar de protecciones generalizadas para los fabricantes y proveedores de IVF, debemos concentrarnos en políticas que se concentran en el bienestar de las familias. Los servicios de fertilidad deben ser accesibles y seguros y contar con reglamentos que priorizan la seguridad del paciente y previenen los errores catastróficos. Los padres esperanzados deben tener la oportunidad de solicitar justicia cuando se presentan errores en lugar de quedar despojados de todo recurso por tecnicismos legales que protegen a las corporaciones a costillas suyas. 

A medida que la IVF se vuelve una opción más accesible para crear una familia, es esencial desarrollar un marco regulatorio que respalde a quienes utilizan este proceso. Les pedimos a los legisladores, proveedores de atención médica y a las compañías de fertilidad que consideren y sopesen sus responsabilidades. Construyamos un futuro en el que los pacientes están protegidos, la industria acepta su responsabilidad y el sueño de crear una familia es protegido con compasión, diligencia y respeto. 

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