By Esmé Lipton, Case Clerk, Lieff Cabraser
In commemoration of the Stonewall Uprising that occurred on June 28, 1969, we recognize the LGBTQ+ community’s formative contributions to social, political, and cultural advancement by celebrating Pride Month.
Reflecting upon this community’s historical and systemic oppression provides a starting point to understanding queer activism and politics in the United States. Pride Month presents the opportunity to confront the ways in which institutional homophobia fueled the HIV/AIDS crisis in the U.S., drove people into the closet (especially those already suffering multiple forms of oppression), and hindered efforts to develop effective public health mitigation strategies or treatments for the LGBTQ+ community. During the height of the epidemic in the 1980’s, millions of LGBTQ+ adults suffered from HIV/AIDS without sufficient healthcare. The federal government’s hostility toward the community drove further underground those most needing education and help and it enabled this virus to run rampant, kill millions of people, and further stigmatize queerness as a gay “disease”. The social and political response (or lack thereof) to the HIV/AIDS crisis illustrates how exclusion and biases have the power to influence and compound the impact of something as pervasive and deadly as a global disease.
The HIV/AIDS epidemic was widely perceived as a consequence of the queer community’s “immoral behavior.” The public’s lack of understanding and hysteria surrounding the virus generated dangerous homophobic tropes and stereotypes—such as the term “gay plague”—to further justify homophobia, social passivity, and heteronormative standards. By presupposing psychopathology based on purported deviant sexual behavior, an entire class of otherwise healthy young adults faced a crisis of no or low information, the risk of being shunned or worse if their queer status were to be disclosed, and completely avoidable infections and death. By 1989, death by AIDs was the second leading cause of death for U.S. men aged 25-44. But the impact of HIV/AIDS was not evenly spread across communities. In 1990, the number of reported AIDS deaths per 100,000 people in the U.S. was 29.3 for Black (non-Hispanic), 22.2 for Latinx/Latino/Hispanic, 8.7 for white (non-Hispanic), 2.8 for Asian/Pacific Islanders, and 2.8 for Native American/American Indians/Alaskan Natives.
The movement to end the HIV/AIDS epidemic was founded on the unwavering strength and unionizing power of the queer community, Black and Brown activists, and intersectional public health advocates. For example, heroes like Phil Wilson (Black Aids Institute), Juanita Williams (PWN-USA), Pedro Zamora (AIDS educator, The Real World), and Kiyoshi Kuromiya (Critical Path Project), and organizations like AIDS Coalition to Unleash Power (ACT UP) and Sister Love. As a queer-led group dedicated solely to addressing institutional inaction in the face of the AIDS crisis, ACT UP ushered in a new awareness of queer identity and intersectional social activism for public health. Through massive political demonstrations and campaigns such as Silence=Death, ACT UP demanded and successfully promoted healthcare research, access, and civil rights for the LGBTQ+ community in the ‘80s. Today, activists can proudly claim responsibility for saving millions of lives, a glowing example of the necessary and powerful mobilization for human rights.
At LCHB, we believe it is our social and moral responsibility to recognize the tenacity, willpower, and impact of this community throughout history, during Pride Month, and beyond.
Autora: Esmé Lipton, secretaria de casos, Lieff Cabraser
En conmemoración de el levantamiento de Stonewall ocurrido el 28 de junio de 1969, reconocemos las contribuciones formativas de la comunidad LGBTQ+ al progreso social, político y cultural celebrando el mes del orgullo.
La reflexión sobre la opresión histórica y sistémica sufrida por esta comunidad nos ofrece un punto de inicio para entender el activismo y las políticas queer en Estados Unidos. El mes del orgullo representa la oportunidad de confrontar las formas en las que la homofobia institucional impulsó la crisis de VIH/SIDA en EE.UU., obligó a la gente a ocultarse (en especial aquellos que ya sufrían múltiples formas de opresión) y limitó los esfuerzos por desarrollar estrategias o tratamientos de mitigación de salud pública efectivos para la comunidad LGBTQ+. Durante el pico de la epidemia en la década de 1980, millones de adultos LGBTQ+ sufrieron de VIH/SIDA sin contar con suficiente atención médica. La hostilidad del gobierno federal hacia la comunidad hizo que aquellos que más necesitaban educación y ayuda se internaran aún más en la clandestinidad y permitió que este virus se propagara libremente, matara a millones de personas y estigmatizara aún más la homosexualidad como una “enfermedad”. La respuesta social y política (o la falta de tal respuesta) a la crisis del VIH/SIDA ilustra cómo la exclusión y los prejuicios tienen el poder de influenciar y aumentar el impacto de algo tan ubicuo como una enfermedad global.
La epidemia de VIH/SIDA se percibió ampliamente como una consecuencia de la “conducta inmoral” de la comunidad queer. La falta de comprensión del público y la histeria relacionada con el virus generó peligrosos tropos y estereotipos homofóbicos tales como el término “plaga gay” que justificaron aún más la homofobia, la pasividad social y la heteronormatividad. Al presuponer una psicopatología basada en una conducta sexual supuestamente pervertida, una clase entera de jóvenes adultos saludables enfrentaron una crisis de falta total o poca información, el riesgo de ser rechazados por la sociedad o peor si revelaban su homosexualidad e infecciones y muertes completamente evitables. Para 1989, el SIDA se convirtió en la segunda causa de muerte en EE. UU. para los hombres de entre 25 y 44 años. Pero el impacto del VIH/SIDA no se esparció de forma pareja en las comunidades. En 1990, la cantidad de muertes informadas por SIDA por cada 100 mil personas en EE. UU. era 29.3 para los afroamericanos (no hispanos), 22.2 para los latinx/latinos/hispanos, 8.7 para los blancos (no hispanos), 2.8 para los asiáticos y nativos de islas del Pacífico y 2.8 para los nativoamericanos/indígenas americanos/nativos de Alaska.
El movimiento para acabar con la epidemia de VIH/SIDA se fundó gracias a la fortaleza inagotable y el poder de sindicalizar de la comunidad queer, los activistas afroamericanos y de tez café y los defensores de la salud pública de diversos sectores. Son ejemplos de esto héroes como Phil Wilson (Black Aids Institute), Juanita Williams (PWN-USA), Pedro Zamora (educador sobre el SIDA, The Real World), y Kiyoshi Kuromiya (Critical Path Project), y organizaciones como AIDS Coalition to Unleash Power (ACT UP) y Sister Love. Siendo un grupo liderado por personas de la comunidad queer dedicado a abordar la falta de acción institucional a la crisis del SIDA, ACT UP generó una nueva conciencia de la identidad queer y un activismo social interseccional de salud pública. A través de enormes protestas políticas y campañas tales como Silencio=Muerte, ACT UP exigió y promocionó con éxito la investigación y el acceso a la atención médica y los derechos civiles de la comunidad LGBTQ+ en la década del 80. En la actualidad, los activistas pueden decir orgullosamente que salvaron millones de vidas. Este es un impresionante ejemplo del poder y la necesidad de movilizarse para defender los derechos humanos.
En LCHB, opinamos que es nuestra responsabilidad social y moral reconocer la tenacidad, el poder de voluntad y el impacto de esta comunidad a través de la historia durante el mes del orgullo y siempre.


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